El término «mentalización» tiene sus raíces en la teoría del apego y fue introducido por Peter Fonagy y Anthony Bateman en la década de 1990, como parte de su enfoque terapéutico, conocido como la Terapia Basada en la Mentalización.
Así, a través de este enfoque de intervención psicoterapéutica postularon que la capacidad de reflexión y/o introspección personal es crucial para que las personas puedan desarrollarse emocionalmente de forma saludable y establecer relaciones interpersonales no conflictivas.
De esta forma, cuando hablamos de capacidad de mentalización nos referimos a la habilidad humana para comprender y atribuir significado a los propios pensamientos y emociones, así como a los de los demás.
Esta habilidad Implica la capacidad de reconocer y reflexionar sobre los estados mentales, como pensamientos, deseos, intenciones y creencias, tanto propios como de otras personas y resulta esencial para poder desarrollar una gestión emocional adaptativa de experiencias vitales difíciles como puede es un divorcio altamente conflictivo, así como, en estas situaciones, promover el mantenimiento de dinámicas relacionales familiares en unos márgenes, al menos, no altamente destructivos.
Las intervenciones basadas en la mentalización han demostrado científicamente su eficacia en diferentes contextos de aplicación.
Así, entre otras, la investigación neurocientífica ha permitido, mediante estudios de resonancia magnética funcional, identificar regiones cerebrales clave, como la corteza prefrontal medial, asociadas con procesos de mentalización, lo que ha permitido evidenciar de manera tangible la existencia de esta capacidad humana fundamental.
Por otro lado, numerosos ensayos clínicos han demostrado que este tipo de intervenciones son eficaces para el tratamiento de trastornos de la personalidad y del estado de ánimo, demostrando que el desarrollo de esta capacidad produce mejoras significativas en la capacidad de autorregulación emocional, reduciendo los comportamientos impulsivos y mejorando las capacidades adaptativas de afrontamiento de las personas en situaciones interpersonales conflictivas.
Además, como veremos en el siguiente apartado, la investigación también ha demostrado que la aplicación de intervenciones basadas en la mentalización y, más concretamente, en el desarrollo de la función reflexiva parental, produce beneficios significativos en la calidad de las interacciones parentales, favoreciendo la formación de vínculos familiares seguros que producen beneficios significativos en el desarrollo infantil.
En todo estos sentidos, es importante también reseñar que la evidencia científica refleja que las intervenciones basadas en la mentalización no solo generan mejoras inmediatas, sino que también mantienen sus beneficiosos efectos a largo plazo.
Así, como veremos, promover intervenciones basadas en la mentalización puede ser un enfoque interesante para ayudar a familias que presentan un alto grado de conflictividad a mejorar su compleja situación.
La función reflexiva parental forma parte de la capacidad de mentalización general y se refiere a la capacidad de los progenitores para reflexionar sobre las experiencias, pensamientos y emociones de sus hijos, así como sobre sus propios sentimientos, deseos y pensamientos respecto al desarrollo de su función como cuidadores.
Así, en contextos de divorcios contenciosos altamente conflictivos, el desarrollo de esta capacidad se convierte en una cuestión fundamental para mejorar la comunicación entre los progenitores en litigio y poder fomentar la creación de un entorno familiar más saludable para los menores.
Alentar a los padres a reflexionar sobre sus propias emociones, pensamientos y motivaciones de su conducta conflictiva respecto a los menores, les permite comprenderse mejor a sí mismos y poder buscar formas más adaptativas de ejercer su función parental.
Cuando los progenitores se encuentran en una situación altamente conflictiva, es común que tengan su foco atencional y motivacional puesto, exclusivamente, en sus propios sentimientos de enfado, rabia y/o resentimiento hacia su ex – pareja y hayan perdido la conexión empática con el estado emocional de los menores. Potenciar la función reflexiva parental es crucial en estos casos, para que los progenitores puedan entender como repercute la elevada situación de conflictividad familiar a los menores y comiencen a replantearse sus comportamientos.
Promoviendo que los progenitores reflexionen sobre las necesidades emocionales y psicológicas de sus hijos, se puede promover una mentalidad de funcionamiento centrada en el bienestar de los menores. Ambos cuidadores, en estas situaciones, necesitan ser capaces de ponerse en el lugar de los menores y comprender cómo la elevada conflictividad actual está afectándoles emocionalmente. De esta manera, puede propiciarse que los progenitores comiencen a priorizar aquellas decisiones y acciones que beneficien a sus hijos, en ved de perjudicar a sus ex parejas.
Potenciar la función reflexiva parental puede mejorar la capacidad de los progenitores para expresar sus pensamientos y sentimientos hacia los menores de manera clara, respetuosa y afectiva. Esto favorece la construcción de ambientes familiares seguros y promueve la ruptura de dinámicas interpersonales circulares caracterizadas por patrones de comunicación disfuncionales, agresivos y/o directamente inexistentes.
Ayudar a los progenitores a entender cuáles son los sentimientos y pensamientos de sus hijos, así como los suyos propios con relación a ellos, les permite desarrollar habilidades de afrontamiento para manejar el estrés y las emociones desagradables que se producen cuando acontece cualquier situación de desencuentro y/o con ellos (ruptura de límites y normas, por ejemplo). De esta manera, el desarrollo de la función reflexiva parental puede ayudar a que los progenitores afronten estos momentos ejerciendo un estilo educativo más constructivo, mejorando así la dinámica familiar y reduciendo la escalada de conflictos.
En definitiva, vemos como en última instancia, el desarrollo de la capacidad de mentalización y función reflexiva parental tiene como objetivo cambiar la dinámica de conflicto familiar hacia una colaboración más saludable y centrada en el bienestar de los menores.
De esta manera, promover intervenciones profesionales que fomenten estas capacidades en los progenitores en litigio puede resultar fundamental para ir desenquistando, poco a poco, estas situaciones familiares altamente conflictivas consiguiendo que se cumplan, al menos, una serie de reglas y dinámicas familiares básicas, como puede ser el cumplimiento de las resoluciones judiciales emitidas y/o el abandono de posiciones agresivas respecto al progenitor contrario, en pro de entender que estas dinámicas generan un malestar emocional muy significativo en los menores y atentan directamente contra su salud mental.
Debido a todo lo comentado anteriormente, consideramos que la formación e incorporación de este tipo de orientaciones dirigidas a la promoción de la capacidad de mentalización y la función reflexiva parental, dentro de las figuras de coordinación de parentalidad, puede resultar de ayuda y aplicación práctica, fundamentalmente a través de:
El hecho de tener que manejar situaciones de alta conflictividad en las que hay dos partes muy enfrentadas entre sí, requiere que el coordinador de parentalidad tenga la máxima capacidad de mentalización posible, primero para poder entender profundamente los sentimientos, pensamientos, deseos e intereses de cada parte y, segundo, para poder gestionar y autorregular adaptativamente todas las emociones que, naturalmente, se producen cuando uno está ejerciendo esta complicada labor de intermediación.
Como hemos visto, promover la capacidad de mentalización en cada uno de los progenitores en litigio permite, en primer lugar, que estos comiencen a comprenderse mejor a si mismos y puedan ir relacionándose, interpersonalmente, desde patrones más saludables y menos agresivos con la parte contraria del procedimiento.
Además, en segundo lugar, el desarrollo de esta capacidad permite que cada uno de los progenitores pueda ir abandonando, progresivamente, posiciones defensivas respecto al otro, debido a que un aumento en la capacidad de mentalización permite a cada uno de ellos comenzar a entender, aunque sea mínimamente, los sentimientos, pensamientos y comportamientos del otro, permitiendo así que se produzca un cierto acercamiento interpersonal.
Unido al punto anterior y quizás constituyéndose como el elemento central de la intervención, el hecho de promover el desarrollo de la función reflexiva parental genera que cada uno de los progenitores pueda comenzar a tomar conciencia del estado emocional de los menores y de como su propio comportamiento conflictivo tiene efectos nocivos directos en su salud mental.
Así, promoviendo la reconexión mental con las necesidades de los menores puede favorecerse, también, un cambio progresivo en el foco atencional y motivacional de los progenitores hacia la satisfacción de las necesidades emocionales de los menores, en ved de hacia la destrucción de los deseos e intereses del progenitor contrario en cuestión.
En cualquier caso, todo lo anterior no se constituye como nada más que una mera primera aproximación a la naturaleza de este tipo de intervenciones y a cuáles pueden ser los beneficios y/o aplicaciones prácticas de su incorporación al desarrollo de la complicada función de coordinación de parentalidad.
Así, estamos seguros de que por delante podría haber un camino de intersección muy productivo entre este campo y el complejo contexto jurídico en el que puede ponerse en marcha, pero, en cualquier caso, asumimos que solo aplicando este tipo de intervenciones en la práctica cotidiana podríamos ver, progresivamente, la efectividad y utilidad real que puede tener favorecer la formación y aplicación de esta orientación dentro del campo de trabajo del/la coordinador/a de parentalidad.
En tal sentido, confiamos en que pueda resultar, al menos, un enfoque inicialmente atractivo e interesante.